martes, 17 de julio de 2007

Un Remake de Altura


Solamente un director tan dedicado e inteligente como Steven Soderbergh pudo haber hecho un remake que es mucho mejor que el original. Hace más de cuatro décadas se realizó La Gran Estafa (Ocean’s Eleven) con un elenco conformado por Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martín, Joey Bishop y Peter Lawford.
Pero los actores eran realmente todo su encanto, pues el guión dejaba muchas cosas a la deriva y se centraba más en la popularidad que en ese entonces tenían sus estrellas que en algo verdaderamente sustancial.
Para la versión actual, tanto el productor Jerry Weintraub como el guionista Ted Griffin, pulen las deficiencias del original para lograr una de las cintas de “buenos amigos” más disfrutables en mucho tiempo, además de contar con un elenco de muchas estrellas de renombre.
George Clooney es Danny Ocean, un experto ladrón que acababa de salir de prisión bajo fianza. La idea que tiene es la de robar tres de los más grandes casinos de Las Vegas y hacerse de una fortuna de 150 millones de dólares.
Para lograrlo, decide reunir a varios de sus viejos compañeros y algunos nuevos, sumando 11 agentes en total que se repartirán el botín: su brazo derecho Rusty (Brad Pitt), el espía Frank (Bernie Mac), el chico malo Bashir (Don Cheadle), el carterista Linus (Matt Damon), el veterano Saul (Carl Reiner), Reuben (Elliot Gould), los hermanos Turk y Virgil (Scott Caan y Casey Affleck), el experto en electrónica Livingston (Eddie Jemison), y el contorsionista Yen (Shaobo Qin).
Juntos planean robar los tres lugares, propiedad del magnate Terry Benedict (Andy García), quien es la pareja de Tess (Julia Roberts), ex esposa de Danny. Como el dinero esta guardado en la bóveda de alta seguridad de uno de los casinos, solo es necesario un sólo atraco.
La Gran Estafa no es una cinta que vaya a ser recordada por sus diálogos elevados o su crítica profunda. Es simplemente una película para entretener y pasar el rato, pero es una de esas cintas estupendamente bien realizadas que sirven como ejemplo de que el entretenimiento puro no necesariamente necesita ser banal y condescendiente.

Eugenia Zubillaga

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